El glamour desde cerca tiene menos lentejuelas

La imagen de una escritora y una ilustradora trabajando juntas tiene un punto muy glamuroso.

A lo mejor nos imagináis trabajando en estudios luminosos, viviendo despacio para dejar que la inspiración nos alcance, despertándonos con los pajaritos y tomando vino con intelectuales al caer el sol, compartiendo charlas elevadas llenas de metáforas que luego plasmamos en nuestras obras… Por lo menos, así es como nos imaginamos nosotras a otras ilustradoras y escritoras: brillantes, relajadas y un poco snobs.

Y luego viene la vida real. El glamour de lo cotidiano. Ese que viene a trompicones, sin lentejuelas ni conversaciones aéreas.

Lo nuestro es rascar momentos, apuntar y dibujar en pedazos de papel en cualquier lado, darle vueltas a las ideas en el metro. La danza del multitasking.¿Quién dijo que no se puede ser creativo mientras se cambia un pañal, o se arregla una estantería?

Bueno, igual no es glamuroso, pero sí tiene un punto poético. Parte de la gracia de este proceso es que ha sido colectivo. Sin querer y sin saber, todo nuestro entorno se ha visto implicado: Hijos, compañeros, padres y madres, amigos, conocidos de conocidos, novios, tíos, y hasta algún que otro dependiente de frutería.

Tiene un punto poético quedar a las siete y diez porque es la hora a la que uno sale de un curso, pero todavía no es la hora de la cena del retoño de la otra. Tiene un punto poético dedicar los primeros minutos de la reunión a contarnos lo cansados que estamos y la multitud de temas que rondan nuestras cabezas. Tiene un punto poético apuntar frases en post-its en el trabajo para que no se te olviden, y esperar el silencio de la noche para ponerse a trabajar.

La vida frenética tiene un punto poético, ¿verdad?

 

multitasking

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